miércoles, 28 de septiembre de 2011

ENTRADA


Mano que sales de la sombra: da la vuelta a esta página y disponte a espe­rar la visita de lo traslúcido. Mira entre la maleza: centellean (para ti) las pala­bras como ciervas azules. No sé de dónde vienes, pero te corresponde hospedarte sobre el arrasamiento de un hombre y reedificar, con la lectura, el perfil de su memoria. No sé de dónde vienes ni nece­sito preguntártelo: estás aquí, y el poeta no tiene más consistencia que los ojos de alguien iluminando la opacidad de sus renglones. Si traes el corazón aterido, quédate con nosotros y ayúdanos a encender el fuego.

Antonio Sánchez Zamarreño

I

I


Mis ojos también crecen y se nutren de costumbres. De aquel temblor azul, apenas

dibujado de abedules. Cultivo la esperanza, pero el llanto me sube por la piel con toda

la insistencia de la fiebre.

II


Resbalan las montañas; Se deslizan, buscando alguna forma de descanso. Un árbol

crece en nuestros ojos lentamente. Y las pisadas blandas de los álamos decretan que los

sueños ya no son tierras agraces

III


Lo que queda del llanto, lo que crece al ritmo de las uñas. En el vasar se

mueren los suspiros.

IV


Experiencia del aire. Así moldea el rostro y lo perfila. Todos los caminantes alcanzan

este gesto, esta puntual figura de roca lami­nada. Repite la .piel esa ternura que puede l

legar a hacerse transparencia.

V


Tragedia y alarido. Un hacha vertical cruza los páramos. El llanto se detiene ante las tapias.

Incendio de la cal en los balco­nes. Lo dicen las campanas. Algunos años parecen

haber muerto de repente.