miércoles, 28 de septiembre de 2011

V


Tragedia y alarido. Un hacha vertical cruza los páramos. El llanto se detiene ante las tapias.

Incendio de la cal en los balco­nes. Lo dicen las campanas. Algunos años parecen

haber muerto de repente.

VI


Y el silbo de la nieve. Irrevocable el gesto de la piel. Sandalias de abedul para estar

quieto. Las sombras también crecen con nosotros. Un manto sobre el grito de los lirios.

VII


Historia de los ojos. Historia de un silencio construido sobre almiares de ceni­za. Muralla

de verdor que va trepando la espalda de los montes. Un rostro carcomido por la lluvia.

Historia de un mendigo que lleva en su zurrón nuestros insomnios. Palabras recortadas.

El río de la memoria nos deja sus guijarros en el alma.

VIII


Lenguaje a contraluz del tronco secu­lar de los castaños. Por aquí pasó la vida y su grito

de espada cenicienta. Las puertas del abismo nos invitan. Hay un camino azul oculto por

las árgomas. Un tenue susurro de hojas golpeadas por la lluvia. El óxido desciende en

espirales y nos llena los vasos. Días de ira.

IX


Los dientes que nos nacen en la espal­da. El airado rumor de hombres de niebla que

persiguen en sueños a las niñas. El tiempo se nos llena de caballos. Relinchos de metal

sobre la escuela. Los ríos que se caen de los mapas. El agua de la sed tiene alacranes.

Una roca ha nacido de repente.

X


Santuario vigila las tormentas. El monte es un pináculo que arrastra las mira­das. Cuánta renunciación y cuánto grito se esconde en el ascenso. La niebla se hace muro. Silencio

vertical. Pisadas de aguace­ro. Se nos quedan diminutas las palabras. Arriba está la luz.

Sonidos que la fiesta multiplica. y de la luz se cuelgan nuestras manos para seguir

pisando estos umbrales. La noche se pronuncia desde el valle. Toda la luz ahora en los

retablos. Estamos impli­cados en la danza. Cadena de un regreso poblada de ojos lentos.

XI

Pisadas de papel. Sonidos de un regreso. Horizonte de todas las miradas. Las pala­bras

de aquellos que han pasado a la otra orilla. Como el susurro de las hojas de maíz. Un

volcán con alma de reloj se ha puesto entre nosotros. Como el agua derra­mada.

Solamente el sueño es territorio para encuentros. Los vasos se vacían sin tocar­los.

Temblor que nos habita por dentro de la piel.